Quien no vió Sevilla, no vió maravilla.

Nacido en el macareno Hospital de las Cinco Llagas, criado en el Barrio del Tiro de Línea y vecino del Cerro del Águila; fiel amante de Sevilla y sus tradiciones. "Cofrade" por vocación, "Feriante" por adicción, "Rociero" por devoción y "Bético" por convicción.

domingo, 11 de enero de 2015

A LA MEMORIA DE UN NAZARENO

Hay una cofradía anual concebida con el tiralíneas de los siglos, inquebrantable a modas, ocurrencias o fórmulas de diseño. Una cofradía que dura un llanto de bebé, una hermosa creación que apenas besa el alba y que la noche envuelve con el celofán de los sueños. Hay una cofradía de madera y plata, cordón y llave, cuerpos erguidos, ángeles risueños en una esbelta playa de oro con espuma de lirios, orgullo de Nazareno de cuello alto y ojos grandes y canalones de cera blanca que anteceden a una catedral con destellos venecianos. Hay una cofradía real que se aproxima como ninguna a la soñada, una cofradía de doble genuflexión ante el Monumento, una cofradía veloz en sus andares como el tímido que prefiere pasar desapercibido, como la mano derecha ignorante de las obras de la izquierda, como el joven que llega tarde a su primera cita, como niños que acuden raudos a la voz firme de su madre. 

Y hay otra cofradía sin más música de capilla que las pisadas cotidianas en el mármol, una cofradía de oraciones musitadas, de mediodías y tardes de sentarse con Dios en la mesa-camilla de su hornacina, de hablar sin decir nada porque todo ya se sabe y no hay más que cumplir con el deber de comparecencia. Hay una cofradía de primitivos nazarenos cuyos tramos se forman a diario, nazarenos sin antifaz fieles a su hermosa cita en una capilla en días de tiempo ordinario, sin grandes altares, sin colgaduras de damasco, sin ramos cónicos, sin voces de coro ni dalmáticas con ciriales. Nazarenos que acuden en soledad, levantan el esterón de cuero, se santigüan, se arrodillan ante el Santísimo y ocupan su lugar en un banco con disciplina ritual. 

Los he visto cientos de veces al caer la mañana o antes de la misa de tarde. Sus apellidos son la nómina de esa otra cofradía a la que sólo pasa lista el transcurrir de los días. No precisan de túnica de ruán para ser ni para sentirse nazarenos, como no requiere el torero del traje de luces para ser reconocido. Las hechuras, los andares y el vestir delatan al maestro como el silencio, los gestos medidos, la sobriedad, el saludo con una leve inclinación de cabeza y la capacidad de abstraerse del exterior cuando se está frente a Dios muestran al auténtico nazareno de esta otra cofradía, con la misma soltura que se distingue a los nazarenos de la Madrugada sevillana por la cola o el calzado. Estos otros nazarenos nunca dejan al Señor, ni en las tardes de agosto, zumbido de ventiladores y frescor umbrío de templo; ni el viernes de Feria, cuando el rezo del ejercicio de las Cinco Llagas los convierte en monjes de clausura que oran cuando el resto de la ciudad canta, bebe y baila; ni en las últimas horas del año, flores de pascua a los pies del Niño que simbolizan el cortejo litúrgico que cierra el calendario. 

No hay que vocear los nombres de esta otra cofradía de primitivos nazarenos de la vida cotidiana. Los he visto llegar en autobús procedentes de los barrios, en el 12 y 23 desde el Nervión de los años 80; a pie desde la Puerta Osario a la velocidad pausada de los años de la jubilación o en un alto en las prisas laborales para recibir esa bocanada de aire quieto de una capilla en la que siempre están los ángeles cerifarios como pajes de guardia, anunciando con el fuego de su cera que el Nazareno mantiene alto su orgullo. 

Estos nazarenos no salen para ser vistos. Los vemos porque salen. Los vimos porque fuimos jóvenes en horas de casa de hermandad y sacristía. No necesitan de fervorines para cumplir con el hermoso rito de acudir al acudidero. Ellos constituyen el mejor fervorín con su testimonio de fidelidad cotidiana, el más auténtico y el más natural. Se sientan a mirar a Dios en el banco de la serenidad de los años, saben ese lugar exacto y privilegiado donde se aprecia la mirada del Dulce Nazareno, los ojos almendrados de la Virgen y los destellos de plata de la cruz. Y vuelven sobre sus pasos a seguir cargando con la cruz de sus días. He visto esa cofradía en tardes de Tantum Ergo y Dios alzado entre latines recitados. Y nos ha bastado una mirada, una leve inclinación de cabeza, para sentir lo mismo. Son los nazarenos de esa otra cofradía, esos viejos nazarenos de San Antonio Abad, lamparillas de guardia que alumbran la adoración perpetua de ese Dios dulce y orgulloso al mismo tiempo. Gloria para esos nazarenos cotidianos que se echan a morir en el agosto carente de lirios y azahar, pero con el agua fresca vivificadora de los búcaros de San Antonio Abad. Dios los va llamando en su atrio y ellos en su sobriedad responden con una sola palabra: ¡Está!

PUBLICADO POR "EL FISCAL" EL 17 DE AGOSTO DE 2014 EN DIARIO DE SEVILLA.

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