Quien no vió Sevilla, no vió maravilla.

Nacido en el macareno Hospital de las Cinco Llagas, criado en el Barrio del Tiro de Línea y vecino del Cerro del Águila; fiel amante de Sevilla y sus tradiciones. "Cofrade" por vocación, "Feriante" por adicción, "Rociero" por devoción y "Bético" por convicción.

domingo, 6 de abril de 2014

PERSONAJES SEVILLANOS: EL SR. TRONCOSO.

Fue una realidad ajena al mundo desde el día en que pasó el umbral de la vida, allí donde la calle San Luis cede su nombre a la Plaza del Pumarejo, bien sabe esa plaza de sus vaivenes delirantes y del sufrimiento de sus padres, Patrocinio y Leopoldo, ante tanta autodestrucción desmedida.
De cinco hermanos, le tocó ser el tercero y de nombre Leopoldo, los apellidos Troncoso Narváez, y con ese apellido se engendró una de las más bellas baladas de la música callejera sevillana, Sr. Troncoso, gracias a la genialidad de Jesús de la Rosa, alma mater de Triana.
Su monótona búsqueda de objetivos vitales, le llevó a la Legión, Melilla fue su destino, y a un tercer bautizo por el que también le conocieron, Leopoldo "el Legionario". Pero aquello tampoco satisfacía su razón y en un ataque de juicio inverso abandonó su puesto de guardia y para Sevilla, con ropa y armamento del Tercio, acabando irremediablemente en el cuartel de la guardia civil de la Plaza del Sacrificio, donde las palizas recibidas fueron de órdago.
La tunda de golpes surtió efecto, contrajo matrimonio y se instaló en el Cerro del Águila, siendo uno de los operarios de Hytasa, y con dos hijos, niño y niña, parecía que la vida por fin le acogía como uno de los suyos. El tiempo diluyó los recuerdos y el vino hizo el resto, un día al volver a casa se encontró con que los suyos ya no estaban, su pelliza en el perchero y poco más, sin preguntas ni indagaciones sacó del dedo su alianza, la arrojó en un husillo y nunca más supo de ellos. Aquello hizo que se refugiara aún más en la bebida, aliada del olvido.
Ante su decadente existencia, sus padres volvieron a acogerlo, más su madre (las madres siempre están al quite), pero la convivencia se hacía cada vez más imposible, el vino abundaba más que su sangre y su mente se alejaba de lo cuerdo.

Leopoldo "el Legionario" se hizo fuerte en la Plaza de la Gavidia, donde daba rienda suelta a sus delirios, los propios y los del vino, durmiendo en sus bancos, donde era el único que tenía la suerte de ver a Daoiz tumbado, invitando a todos los parroquianos a contemplarlo también. Ese era su mundo, de la Gavidia a la calle Baños, haciendo mandados y sobreviviendo de las propinas.
Donaba su sangre en la farmacia militar que existía en dicha plaza, de ahí su asentamiento, y con los duros que le daban, compraba vino, su compañero ya perenne que le ausentaba y le daba vida, su vida, en Casa Bernabé o en Casa Benito, de tertulia con los policías de la comisaría de la Gavidia, los mismos que en las noches de frío intenso o tormentas se apiadaban de él y lo cobijaban en los calabozos, sopa caliente y cama. A veces, con los chiquillos, entonaba "El novio de la muerte" o cantaba la tabla del cinco con ripios de obscenas rimas. Ese era "Leopoldos, capitans de la Gavidia", con eses líquidas que le gustaba remarcar.

El vino no hacía que se descuidara en su aseo diario, siempre limpio y afeitado, sólo le hacía olvidarse de su existencia y su mente. Alguna vez entraba en ese mundo de aislamiento y soledad que era el Hospital Psiquiátrico de Miraflores, o se refugiaba en un cuarto alquilado en la Plaza Churruca, cercano a Montesión y la calle Feria, que un abogado amigo de la calle Baños le había gestionado, así como una pequeña pensión que recibía. Durante cerca de dos años su hermano Antonio le recogió en la barriada del Carmen, pero su espíritu solitario pertenecía a la calle y de la calle sacaba el sustento para el ánimo y el morapio.
En su deambular frecuentaba la Plaza del Pozo Santo, haciendo de aparcacoches, lugar donde el grupo Triana tenía el local de ensayos, allí fue donde Jesús intimó con él y sus desvaríos, allí fue donde en 1977 se concibió el tema "Sr. Troncoso". Nunca fue consciente de que "Triana" inmortalizó su nombre, y si lo fue, a nadie se lo dijo.
Aquel alcohol que le daba vida, se la iba arrebatando poco a poco, ingresó en el Hospital de San Lázaro, le amputaron una pierna y encontró refugio en una Residencia de Espartinas hasta que un día de noviembre de 1992, nos dejo para siempre.

Uno de tantos sevillanos que iba para anónimo y que quedo inmortalizado para siempre.